LA BUGAMBILIA


Tenía un amigo que su padre tenía montado un taller y en la parte trasera había un enorme jardín muy verde y muy descuidado, ahora que lo pienso. Había arbustos por todas partes y al fondo había una casita atrapada en una enorme bugambilia, todo muy cerrado, todo muy quieto. Me intrigó y le pregunté qué es lo que había allí dentro. Me contó que era de un alemán que se había marchado a su país hacia años y que jamás volvieron a saber nada más de él. En la casita había dejado todas sus pertenencias…Bueno, no pude pensar en otra cosa más que en dar una patada a la puerta y ver que es lo que había allí guardado. Como eso de la patada era más que improbable, decidí tomarme mi tiempo y tratar de convencerle de que entrar allí no era nada malo y que el alemán en cuestión habría muerto, que habían pasado muchos años y todo estaría podrido… En fin, una cosa tan sencilla como era girar una llave, se convirtió en una autentica pesadilla tanto para mí, como para mi amigo, que tenía que soportar día tras día mis ruegos y mis intrigas. Como mi estrategia no daba resultado, opté por hacerle ver que ya no estaba interesado, ni en la casa, ni en la vida del alemán, ni en él. Hasta que un día me vino nervioso y me dijo: "Aquí tienes la llave, si todavía quieres entrar..." Evidentemente no sin antes jurarle que nadie se daría cuenta, que sólo estaría un momento… dos minutos, o incluso menos.




A mí, ¡casi me da un ataque de ansiedad! Abres, miras y sales rápido…, me dijo. Nadie que me conociese antes, ni ahora, saben perfectamente que de allí solo me sacarían arrastrando los bomberos. Y entré. Todavía recuerdo esa sensación de ansiedad, curiosidad, deseo…. Sólo había un tragaluz por donde se colaba un ansioso rayo de sol, que aún daba más misterio si cabe. Estaba todo cubierto con sábanas llenas de polvo, que a mí me importó más bien nada, ya que las fui quitando como un poseso, como si buscase algo en especial, y en realidad no tenía ni idea de lo que esperaba encontrar, quizás al alemán momificado en algún rincón... no sé. Mi amigo estaba desesperado y no me dejaba en paz, repitiendo como un disco rayado: "¡No toques nada, no toques nada!". Ni le oía. Y al levantar una de las sabanas me encontré con un montón de discos, de los cuales vagamente recuerdo quiénes eran los intérpretes. Entre esos discos había tres pequeños, de los llamados sencillos, con la misma foto pero de diferente color. En ellos se podía leer: Sarita Montiel El último cuplé. Me quedé embelesado con esas portadas. Sin dar tiempo a más reacciones ni emociones, me los metí bajo el jersey, por supuesto prestados. Salí disparado y reprochándole (encima) a mi amigo que estuviera tan histérico.




Los discos, los escuchaba una y otra vez, hasta agotar y desesperar a todos en casa, que empezaron a preocuparse de esa fijación.

Sarita me trajo algunos problemas; casi me arruina músicalmente y, si ya con eso no tenía bastante, la mayoría de mis amigos no entendían que siempre estuviera diciendo: Has escuchado está canción, has visto esta foto. Pensaban que estaba como una cabra, posiblemente tuvieran razón. Pero desde luego a mí me encantaba. Tenía trece años.




A la casita nunca más volví, ni tampoco le confesé a mi amigo que me había llevado los discos, ni siquiera hablamos más del tema, fue algo muy curioso, pero así fue. Ambos crecimos y seguimos caminos distintos. Desgraciadamente, él murió en un trágico accidente. Pero no hay vez que pase por el lugar donde su padre tenía el taller y que no recuerde con cariño la casita, al alemán, aquella enorme bugambilia y, por supuesto, a mi amigo.
Me hacia ilusión contar cómo entró la Montiel a formar parte de mi cine, de mi música y de mis sueños.






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